A finales de julio de este año y durante tres días, tuve
la oportunidad de entrevistar a Robert Frank en su estudio de la calle
Bleecker en Nueva York.
Ahora que han pasado algunas semanas desde aquel encuentro, puedo medir
con alguna exactitud cuál fue el impulso que me llevó a intentar esa entrevista
a pesar de las constantes evasivas del gran fotógrafo norteamericano a
concretar la fecha y el lugar para ese encuentro con el que soñaba desde
hacía más de un año.
La mediación desinteresada de Leila Makarius (curadora, junto a Jorge
Cometti, de la muestra que se inaugurará el proximo jueves 23 en el Museo
Fernandez Blanco) fue el disparador para ese impulso. Pero en verdad la
energía que me llevó a sentarme junto a él y empezar a conversar una tarde
calurosa de verano, vino de un momento casi perdido en mi juventud: la
primera vez que tuve en mis manos un ejemplar de The Americans. Yo no
era un fotógrafo formado todavía, aunque ya hacía algún trabajo en periodismo
aquí y allá como para ganarme la vida. Ese libro casi no tenía palabras.
Solo un prólogo de Jack Kerouac que no pude leer por que no entendía inglés.
Ochenta y tres imágenes en blanco y negro, de a una por página dispuestas
con extrema sencillez. Nunca había visto fotografías como esas. Eran muy
desprolijas en su factura, pero la clara disposición temática comenzando
cada capítulo con una bandera de los Estados Unidos formaba un conjunto
compacto, elocuente: era el retrato despiadado, entre cínico y tierno
al mismo tiempo de la sociedad norteamericana de fines de los años cincuenta.
Varias generaciones de fotógrafos han experimentado la misma sensación
que yo tuve hace treinta años, y lo siguen haciendo aún hoy. Mientras
tanto, Frank ya había dejado de lado la fotografía y comenzaba un largo
camino de experimentación visual atravesado varias veces por la tragedia
personal (perdió a sus dos hijos, Andrea en 1974 y Pablo en 1994) que
lo convertirían en una leyenda viviente. Un artista que no se reconoce
como tal y que elude de manera persistente todo encasillamiento, un outsider
que hoy, concluye sabiamente que esa vocación marginal se ha transformado,
sobre el final de su vida, en un sentimiento de soledad a pesar de ser
aclamado en el mundo entero como uno de los grandes maestros de la fotografía
del siglo XX.
Mi temprano encuentro con la obra de Frank, se une en un arco a través
del tiempo a este otro, con el hombre ya viejo que vi frente a mi, sentado
en una vieja butaca. La mirada triste y esquiva, su proverbial desaliño
personal, la compañía de su querida esposa June Leaf, los recuerdos de
toda su vida.
En 1948, luego de sus viajes por Europa y America del Sur, Frank hizo
un pequeño libro titulado Black, White and Things. Hizo solo tres ejemplares
en ese entonces. El único texto, a modo de epígrafe era la famosa frase
de El Principito, de Saint Exupery: "Lo esencial es invisible a los ojos"
Estoy sentado frente a mi pantalla escribiendo estas palabras y recordando
lo que nunca olvidaré, los tres emotivos encuentros con Robert Frank.
Me doy cuenta que ese hombre a transitado su vida buscando un imposible:
hacer visible lo esencial.
Un antiguo dicho budista dice: "Cuando el alumno está listo, el maestro
aparece". El último gran maestro de la fotografía se hace presente en
Buenos Aires y nos dejará ver su esencia en estas fotografías que son
el relato de su vida.
Daniel Merle
www.fotodoc.com.ar